domingo, 6 de septiembre de 2026

Las fronteras no han existido siempre y no tienen por qué existir para siempre: algún día, si nos pareciera, podríamos prescindir de ellas...

¿Qué es una frontera?

Cuando miles de marroquíes cruzaron la frontera con Ceuta quedó claro, sobre todo, la crueldad del régimen de Hassan VI, que no tuvo ningún reparo en (al menos) permitir y aprovechar un asalto en el que murieron 141 personas. Además de eso, al ver cómo se podía pasar de un país a otro a nado o abriendo un agujero en una alambrada, resultaba fácil preguntarse qué es lo que hace que una frontera sea una frontera.


JAIME RUBIO HANCOCK







Tendemos a pensar en las fronteras como si fueran barreras naturales o dependieran de ellas (como los Pirineos o el río Bravo), pero son barreras artificiales, líneas en un mapa que hemos dibujado nosotros. Las podemos modificar o quitar, como recordará cualquiera que en 1995 pasara de España a Francia en coche, tras la apertura del espacio Schengen y la suspensión de controles fronterizos. De un día para otro, cruzar un país era tan fácil como pasar de Barcelona a Girona.


Esto es así porque una frontera es, como diría el filósofo estadounidense John Searle (1932-2025), un hecho institucional, igual que el dinero, la propiedad privada, el gobierno, el matrimonio, las elecciones o una fiesta de cumpleaños. En La construcción de la realidad social, Searle escribe que estos hechos sociales existen porque les hemos asignado una función de forma colectiva y poseen una serie de normas, además de que históricamente se han considerado útiles o, al menos, un mal necesario. En el caso de las fronteras, igual que ocurre con el dinero, también son una cuestión de poder: hay un Estado y unas leyes internacionales que las imponen y refuerzan.


Esto no significa que no sean reales o que solo sean una fantasía. El dinero es tan real como las gafas que llevo puestas. Pero lo es de otro modo: las gafas, los átomos de hidrógeno o los canguros son reales con independencia de lo que pensemos al respecto y del nombre que les pongamos. Pero no ocurre lo mismo con el dinero. Hablo del dinero porque es el ejemplo más claro: todo nuestro dinero son trozos de papel, de metal, o números en una cuenta corriente que valen lo que se supone que valen porque tienen un gobierno detrás y nosotros confiamos en ese sistema. Pero ese dinero puede perder todo el valor si la confianza, por los motivos que sea, se quiebra. El ejemplo clásico es el de Zimbabue, que en 2015 retiró su moneda y admitió un canje con el dólar, como contaba EL PAÍS, de “175.000 billones de dólares zimbabuenses por cinco dólares estadounidenses”. Todo el mundo dejó de creer que el dólar zimbabuense era dinero. En cambio, los canguros no desaparecerán aunque perdamos la fe en ellos.


Las fronteras también tienen elementos simbólicos, como el dinero. Un billete azul vale cinco euros y otro rojo vale diez, aunque en ambos casos estemos ante rectángulos de algodón. Pensemos en la “muralla flotante” que se ha instalado en las aguas que separan Ceuta de Marruecos. No es una medida de contención real, ya que es relativamente fácil de sortear. Su valor no está en que sea infranqueable, sino en que actúa como una señal, como un símbolo. Como recogía la noticia de EL PAÍS, “la Moncloa considera que esta medida permite recuperar las denominadas devoluciones en caliente de migrantes que accedan irregularmente a territorio español a través del mar”. Como hay algo parecido a una valla, podemos actuar como si hubiera una valla. Salvando las distancias, es casi como cuando de niños marcábamos los límites de una portería imaginaria con dos mochilas.


Insisto: esto no significa que las fronteras sean “de mentira”. Los hechos institucionales tienen efectos reales (visados, controles, expulsiones). Pero desde esta perspectiva podemos entender mejor algunas de las cosas que pasan con las fronteras. Por ejemplo, se pueden crear nuevas, como cuando la República Checa y Eslovaquia se separaron en 1993. O pueden desaparecer, como cuando empezó a operar el espacio Schengen en 1995, o, de forma más dramática, cuando un país invade a otro. También pueden convertirse en porosas, como, tras el brexit, la de Gibraltar. O en gestos políticos, como cuando Italia y España se han vuelto a poner controles la una a la otra a raíz de lo ocurrido en Ceuta.

 

Además, los atributos de las fronteras han cambiado a lo largo de la historia: la noción de límite preciso en un mapa y con los rasgos normativos actuales existe desde hace unos tres siglos y medio, escribe el filósofo Juan Carlos Velasco en Anatomía de la frontera. Velasco también recuerda que no han estado cerradas ni siempre ni en todo lugar: hasta inicios del siglo XX, “el control total y riguroso del paso a través de las fronteras no constituía la norma” y era posible moverse por gran parte del mundo “sin documentos de viaje ni controles”, algo que cambió tras la Primera Guerra Mundial. Velasco cita El mundo de ayer, donde Stefan Zweig escribe que “antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba donde quería y permanecía allí el tiempo que quería (…). La gente subía y bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar o ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día”.


Las fronteras no son solo cada vez más rígidas, sino que ya no se quedan en los límites geográficos de un país. Como explica el filósofo francés Étienne Balibar, estas barreras se multiplican. Sobre todo si uno tiene el pasaporte (o el color de piel) equivocado: como escribe en su ensayo ¿Qué es una frontera? (título que le he robado vilmente), un control fronterizo no significa lo mismo para un turista alemán que para un joven desempleado de Marruecos. En estos casos la frontera se convierte casi en dos entidades distintas que solo tienen en común el nombre. Para el desempleado no es solo “un obstáculo muy difícil de superar, sino también un sitio contra el que choca repetidamente, cruzándola una y otra vez”.


Pensemos en el marroquí que pasa a Ceuta: la valla o la playa solo es la primera barrera. De allí tendrá que ir a la península y se encontrará otra frontera antes de subir al ferry. Y si consigue llegar, se encontrará con nuevas fronteras a la hora de buscar trabajo, buscar piso, empadronarse, conseguir el permiso de residencia, cuando se le permita reunirse con su familia o si se le expulsa. Vemos al otro como un peligro, por lo que multiplicamos los controles (haya sido su paso legal o no) y esa frontera se convierte “al final, en un lugar donde reside. Es una zona espaciotemporal extraordinariamente viscosa, casi un hogar. Un hogar en el que se vive una vida en espera, una no-vida”. 


Pero las fronteras no solo han cambiado, sino que seguirán cambiando, al ser una construcción social e histórica, igual que han cambiado el dinero, el matrimonio y las elecciones. Y son lo suficientemente importantes como para que no dejemos que se nos imponga únicamente una visión desde el miedo. Podemos pensarlas desde la justicia o desde la igualdad de oportunidades, por ejemplo. No es un problema técnico, no es imposible cambiar su naturaleza, sino político y ahí está, por ejemplo, nuestro voto como primera herramienta. Podemos transformarlas para que estén tanto a nuestro servicio como al de quien la cruza, que es alguien que muy a menudo no tiene ganas de hacerlo (casi nadie quiere abandonar su país, su familia, sus amigos y jugarse la vida por un futuro incierto). Incluso, si algún día nos pareciera adecuado, podríamos prescindir de ellas: no han existido siempre y no tienen por qué existir para siempre.


lunes, 27 de julio de 2026

Singer no ha dejado de señalar las atrocidades a las que sometemos a millones de animales y ha ido nutriendo de cuerpo teórico a los animalistas.

 entrevista

Es una referencia del animalismo y un precursor del altruismo efectivo, ayudar a los demás de manera que se logre el máximo impacto posible. Elegido por ‘Ideas’ como uno de los pensadores más influyentes del mundo, vuelve en su último libro a su gran tema: denunciar el sufrimiento de los seres vivos que consumimos

Peter Singer fotografiado en Londres en 2025. ... ANDREW DAVIS


Si alguna vez al trinchar una pieza de pollo se le ocurre preguntarse por el tipo de vida que habrá tenido el ser que está a punto de deglutir, esa duda tiene un origen: Peter Singer. Hace ya más de medio siglo que el filósofo australiano abrió la puerta a nuestra consideración por los animales en Liberación animal (1975). Singer no ha dejado de señalar las atrocidades a las que sometemos a millones de animales y ha ido nutriendo de cuerpo teórico a los animalistas. Sin embargo, la cifra no deja de aumentar: unos 70.000 millones de animales terrestres nacen y mueren cada año en la ganadería industrial. A Singer le atormentan además otros asuntos: la emergencia climática que ignoramos con descaro —como abordó en Un solo mundo. La ética de la globalización (Paidós, 2003), Ética para el mundo real (Antoni Bosch, 2018)— o la miseria en la que vive buena parte de la población mundial —Salvar una vida: cómo terminar con la pobreza (Katz, 2009)—, lo que le ha llevado a fundar una alianza que otorga un sello a las empresas que donan parte de sus beneficios a buenas causas. Singer es, en definitiva, un referente en ética que se define como consecuencialista: cree que las acciones deben juzgarse por sus consecuencias. No sueña con utopías ni hace propuestas revolucionarias. Parte del sistema en el que vivimos, y aporta propuestas que mejoran vidas.

Ahora vuelve a su tema estrella, el animalismo, con un libro —Hablemos del pavo (Endebate)— que hace muy difícil ver con los mismos ojos una bandeja de este ave al horno. El pensador australiano, que vivió muchos festivos por Acción de Gracias mientras daba clases en la Universidad de Princeton (EE UU), detalla la gestación de estos animales mediante introducción del semen en la vagina — causando dolor, él lo llama “violación” —, su hacinamiento en espacios cerrados, mutilaciones sin anestesia… Responde a la videollamada desde Singapur, donde ha estado, afirma, intentando convencer a un grupo de millonarios a que donen su dinero a buenas causas. Atiende desde una habitación de hotel anodina con la que —viendo su nutrida agenda de viajes por delante— debe estar muy familiarizado; podría encontrarse en cualquier lugar. Singer habla con amabilidad y cierta distancia. Son las 21.00h de la noche en la gran ciudad-Estado asiática.

Pregunta. Dudo que alguien que lea su libro pueda volver a comer pavo con la conciencia tranquila. ¿Qué buscaba con este ensayo?

Respuesta. Cada año por Acción de Gracias la mayoría de las familias estadounidenses se sienta alrededor de la mesa y pone en el centro un animal muerto. No me preocupan solo los pavos, me preocupa la inmensa mayoría de los animales que matamos para comerlos en la mayoría de los países, especialmente en los ricos. Nunca pueden pisar la hierba, nunca les da el sol, no les damos la opción de vivir en un grupo social acorde a su naturaleza. Los tratamos como máquinas que convierten el grano más barato o la soja más barata en carne, huevos o leche. Quizá pueda lograr que algunas de estas familias se asqueen con lo que hacen. El número de animales que comemos no deja de aumentar, lo que para mí es una atrocidad moral y quiero que más gente sea consciente de ello.

P. ¿Fue alguna cena de Acción de Gracias lo que le revolvió?

R. No puedes evitar tener presente esta tradición, especialmente porque siguen teniendo este ridículo ritual en el que el presidente indulta a uno o a dos pavos, como si hubieran hecho algo malo.

P. Con Liberación animal nos abrió los ojos a la crueldad tras nuestra alimentación. ¿No cree que el hecho de que seamos más de 8.000 millones de habitantes es una de las causas del problema?

R. No, no lo creo. Si queremos alimentar a una población que no deja de crecer, plantar granos y soja para alimentar a los animales no es la forma adecuada de hacerlo, es un desperdicio de alimento. Si nos alimentamos de unas vacas que pastan hierba, bueno, no podemos alimentarnos de hierba, en ese caso sí obtenemos un beneficio en nuestra cadena alimenticia. Pero si encerramos a animales y para poder alimentarlos tenemos que plantar granos y soja —que habrá que transportar para que los coman—, nunca recibiremos más de un tercio de lo invertido, aunque depende de la especie. Desperdiciamos dos tercios de todo el alimento que añadimos a la agricultura intensiva.

P. ¿Cómo ve en 2026 el estado de la preocupación por el bienestar de los animales?

R. Es difícil palparlo. Veo que hay más conciencia de ello, pero no parece que esté teniendo un gran impacto. La gente sigue imaginando que los animales están fuera, en el campo, al aire libre, aunque depende del país. En Singapur, desde donde te hablo, no creo que haya mucha conciencia, ni en Seúl o China, que produce más carne de cerdo mediante agricultura intensiva que cualquier otro país. Queda mucho trabajo por hacer.

P. Usted es posiblemente uno de los responsables de que Kentucky Fried Chicken haya sacado su versión vegana. Sin embargo, muchos veganos afirman seguir consumiendo carne. ¿Qué está pasando?

R. Creo que el conformismo social juega un papel esencial. Nos gusta estar con los amigos y no queremos tener que decirles, oye, esto que estás haciendo está mal. Aunque la gente preferiría estar con gente que no coma carne, sigue manteniendo lazos con su entorno, lo hacemos todos. Necesitamos alcanzar una masa crítica de personas que no coma carne. Como con el tabaco. Cuando era joven todo el mundo fumaba en las fiestas. La publicidad sobre sus efectos negativos logró poco a poco que la percepción cambiara por completo. Ahora los fumadores son vistos como los raros, se tienen que salir de los edificios a fumar… Creo que algo así es posible en el caso de la carne solo que no hemos llegado aún a la masa crítica necesaria.

P. ¿Pero qué opina de la confusión que existe en parte del veganismo? El porcentaje de personas que abandonan esta dieta es alto, hay quien se dice vegano pero afirma comer queso…

R. No creo que la pureza sea lo importante. No es como ser religioso y mantener el halal o el kosher. Lo que todos debemos hacer es reducir la demanda de animales que proceden de la industria cárnica. Si alguien es vegano al 90%, y el 10% restante come carne, habrá logrado un cambio del 90%. No soy crítico con la gente que es mayoritariamente vegana aunque no lo logre siempre. Creo que están haciendo su parte para reducir su consumo de carne y eso es lo que cuenta. Si quieres ser completamente puro, bien. Pero lo que debemos hacer es reducir el consumo de carne lo máximo posible, así es como llegaremos a algún lugar.

P. La comida que ofrece bienestar animal es más cara, muchos no se la pueden permitir. Lo mismo pasa con los sustitutos de la carne. ¿Qué hacemos ante esto?

R. La proteína vegetal no es más cara que la animal. Pero los animales con bienestar sí son más caros. Por eso se desarrolla la industria cárnica, para reducir los precios. Y esto es un conflicto. Por supuesto no quiero que las personas con menos recursos estén peor alimentadas. Querría que aprendieran a hacer proteína con lentejas, judías… Históricamente se obtenía la proteína de estos productos vegetales, la carne era un lujo. Ahora podemos comprar carne y tomamos menos del tipo de proteína vegetal que consumíamos antes. Animo a alimentarnos sobre todo de plantas y si alguien quiere tomar algo de carne, que sea de un animal que no sea industrial y que lo haga ocasionalmente.

Peter Singer en una imagen de este año. “Los partidos de izquierda son mejores que los de derecha, pero sin la idea de que pueden transformar la sociedad por medio de la magia” ... REI NAKAMA

P. Hablemos de su preocupación por la miseria. Usted anima a donar individualmente lo que sea posible para ayudar a las personas pobres del planeta. Hemos visto el horror causado por la retirada de la ayuda estadounidense. ¿No cree que sería más eficiente crear un impuesto a las grandes riquezas frente al altruismo individual que hoy en día no es ni mucho menos suficiente?

R. Sería fantástico, pero hago lo que puedo, soy alguien práctico. Ni siquiera tenemos un gobierno global, ¿cómo podríamos subir los impuestos a los millonarios? Creo que Trump tomó una decisión desastrosa. Si uno de los países más ricos del mundo puede retirar toda su ayuda al desarrollo no veo cómo podríamos subirle los impuestos a los más ricos. Pero sí puedo animar a más personas y a más empresas a donar lo que puedan. He fundado Profit for Good, que anima a donar al menos 10% de los beneficios empresariales a buenas causas. Y las compañías se benefician por mostrar al público que tienen buenos valores. Es un win-win.

P. Propuso hace ya un tiempo una izquierda darwinista. ¿En qué consiste?

R. Decir que algo es darwiniano supone aceptar los postulados de Darwin, en particular su teoría de la evolución. Durante años la izquierda lo rechazó. Marx planteó que si modificábamos la base económica de la sociedad se modificaría también la naturaleza humana; no creía en la evolución biológica. Esto sugiere que si hubiera propiedad colectiva de los medios de producción la gente estaría dispuesta a distribuirse cada uno en función de su habilidad, etc. Pero si nos fijamos en la URSS sabemos bien que no fue así. Seguía habiendo desigualdad de poder, de riqueza, y una renta general no muy elevada. ¿Por qué? Porque, generación tras generación, cada uno piensa sí mismo y en sus propios hijos antes que en todos los demás. La izquierda debe tener en cuenta nuestra naturaleza humana cuando pone en marcha políticas. Solo tendrá éxito cuando acepte que Darwin tenía razón y deje atrás muchas de sus ideas utópicas.

P. Y teniendo presente la reversión que vemos planetariamente, ¿qué tipo de izquierda le da esperanza?

R. Los partidos socialdemócratas que se centran en el bienestar social. Que defienden una buena red de seguridad para los vulnerables en una sociedad capitalista. No creo en un socialismo con propiedad pública. Nunca funcionó y China mejoró muchísimo cuando Xi Jinping dejó esa etapa atrás. Creo que hay muchas lecciones que sacar de ahí. Podemos tener una red fuerte en bienestar social, con fuertes lazos comunitarios y responsabilidad hacia los más débiles. Los partidos de izquierda son mucho mejores que los de derecha, pero si olvidan la idea de que pueden transformar la sociedad por medio de la magia.

P. Usted no cree en la apertura total de las fronteras ante la inmigración. ¿Por qué?

R. No soy partidario de abrirlas completamente, no, cuando lo hacemos salimos perdiendo. Si los partidos de izquierda adoptan esta política no perduran en el poder. El resultado no solo será que se cierren las fronteras, tendrá más efectos negativos: el fracaso total en hacer algo contra el cambio climático, una amenaza real y mayúscula. Y la derecha irá más allá: entrar en guerras locas, como hemos visto en Irán. La apertura de fronteras tiene enormes consecuencias políticas. Desgraciadamente hay elementos en nuestra naturaleza que permiten a los políticos incitar la hostilidad hacia personas que llegan al país y que tienen otros rasgos o religión. A los políticos de extrema derecha no les cuesta llegar a ellos. La izquierda haría mucho más por ellos, pero cuando la clase trabajadora vota por Trump, no está votando por sus propios intereses. Por eso creo que la izquierda tiene que ser más estratégica. Hay que hacer lo necesario para ponerle coto a la extrema derecha. Y si eso implica poner restricción a la inmigración, y no me refiero a cerrar la frontera completamente, habrá alguna opción de llegar al poder y de frenarla.

P. Posiblemente antes era partidario de fronteras abiertas, pues permite que más personas puedan llevar una vida mejor.

R. Así es. Pero comprobar la forma en que la derecha manipula todo este asunto… Lo vi en Australia, personas que llegaban en barquitos desde Indonesia y que pedían asilo. Al principio les di mi apoyo. Eran personas necesitadas a las que Australia podía ayudar, podíamos acoger a más inmigrantes. Pero las derechas empezaron a generar hostilidades y empezaron a crecer. Vi al Partido Laborista, que no es perfecto pero es infinitamente mejor, empezar a perder elecciones. Se volvieron más pragmáticos y hoy han vuelto al Gobierno.

P. ¿Qué piensa de esta idea que oímos cada vez más que sostiene que el Occidente que conocíamos ha muerto?

R. No diría que esté muerto, Trump no durará para siempre, aunque no sabemos quién lo sustituirá. Su popularidad por ahora es baja y parece que en las elecciones de medio mandato los demócratas controlarán al menos la Cámara de Representantes. No sabemos qué pasará en 2028. La OTAN no está pasando por un buen momento, pero aún hay esperanza de que se recupere, de que EE UU tenga un liderazgo más sensato y de que los votantes estadounidenses se den cuenta del error que han cometido. Revivirá con un futuro presidente que aprecie el valor de la alianza. Esperemos que sea así.

P. Perdió a tres de sus abuelos en Auschwitz. ¿Qué opina del papel de Israel y en concreto de Benjamin Netanyahu en Oriente próximo?

R. Es el peor presidente que ha tenido Israel desde su nacimiento en 1948. Los primeros Gobiernos, que también hicieron cosas reprochables, al menos mostraban respeto por los demás. Los palestinos seguían siendo maltratados, pero no en la misma medida ni con la misma crueldad. Las bajas civiles son terribles. Es un gobierno extremadamente egoísta que antepone las vidas israelíes a las palestinas.

P. No sé si usted está en contacto con gente que viva allí. ¿Pueden ver que su comportamiento causa en el resto del mundo alarma y terror?

R. Muchos israelíes se oponen a esto, pero no son suficientes. Y creo que hay mucha preocupación por el antisemitismo que existe en todo el mundo, incluso en Australia, donde hace unos meses vivimos una masacre. La gente culpa al antisemitismo, pero es evidente que es una reacción a lo que está haciendo el Gobierno de Netanyahu. Son las acciones de este Gobierno las que realmente inspiran a personas desequilibradas a cometer estas atrocidades. No es una coincidencia. Hay una relación causa-efecto.

P. Permítame para terminar aclarar una curiosidad. Empezó a surfear con más de 50 años. ¿Sigue haciéndolo?

R. Sí, hace un par de meses estuve surfeando en unas playas cerca de Melbourne. No pretendo ser un gran surfista, probablemente empecé demasiado tarde para ello, pero sin duda es algo que sigo disfrutando.

domingo, 8 de febrero de 2026

Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte.

Esta inacabable charlatanería

Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha

Fernando Vicente


Irene Vallejo

Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal SócratesLo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.