sábado, 31 de enero de 2026

¿Cómo puede ser? ... ¿cómo puede ser que esta persona esté así, cómo puede ser que no me ponga a gritar, cómo puede ser que no podamos hacer nada para que deje de estarlo?

Exclusión

Veo a los mendigos, pero nunca me detengo, no pregunto. No es que tenga miedo, es que no sabría qué hacer

'La calle' de Dani Yako, una de las fotografías incluidas en su libro 'Exclusión'. La imagen ha sido cedida por el autor.
dani yako



Mi padre ayudaba con alimentos a tres hermanos viejos que vivían en una casa en ruinas. Mi madre le daba comida a un chico que pasaba a la hora del almuerzo. Cualquiera que tocara a la puerta de mi abuela se iba con mercadería y dinero. Era una solidaridad espástica, nadie se preguntaba si le estaba haciendo daño a un mendigo cuando le daba plata. Teníamos la esperanza de que, por un rato, la vida de esas personas fuera mejor. Cuando mi abuela veía irse al sujeto mugriento, rotoso, sacudía la cabeza y decía: “¿Cómo puede ser?”. Esa pregunta implicaba cosas: ¿cómo puede ser que esta persona esté así, cómo puede ser que no me ponga a gritar, cómo puede ser que no podamos hacer nada para que deje de estarlo? Ahora vivo en Buenos Aires y, como casi todos, no hago nada. El último censo del Gobierno de la ciudad reveló que hubo un aumento interanual del 30% de personas viviendo en la calle: 5.176 seres. Otro, realizado por diversas ONG, arrojó un número distinto: 11.892. Es mucha gente. Corro siempre en torno al muro de un cementerio. El otro día, había dos personas durmiendo al rayo del sol con 39 grados. Uno de ellos, el que parecía mujer, me dio toda la impresión de estar muerto. El jueves vi cómo la policía se llevaba a un hombre, una mujer y un nene que, sentado sobre un colchón, miraba hacia la nada. A menudo veo a una muchacha preciosa peinándose y hablando sola. Nunca me detengo, no pregunto. No es que tenga miedo, es que no sabría qué hacer. El extraordinario fotógrafo argentino Dani Yako supo. Acaba de publicar un libro, Exclusión, editado por Rizoma, con un texto de Martín Caparrós, que reúne fotos de personas que duermen en la calle y cuyo rostro no se ve. Envueltos en mantas, plásticos, cartones, estos durmientes retorcidos, larvarios, amortajados, no nos hablan de la única pregunta que parece importar —¿cuántos son?—, sino de la única que realmente importa: ¿cómo puede ser?

domingo, 18 de enero de 2026

El antiprogresismo, dice Stefanoni, es el pegamento.

Una corriente salvaje

Qué mundo quedará después del actual férreo desprecio por lo colectivo. No sé si personas de mi edad llegaremos a ver el fin de esta fiesta desatada

Jóvenes celebran los resultados electorales de Vox, en abril de 2019, en Madrid. ... Óscar del Pozo (Getty)


El libro de memorias más misterioso que he leído nunca fue, sin duda, A merced de una corriente salvaje, de Henry Roth. En el segundo tomo, el autor, ya viejo, desvela sin previo aviso un asunto crucial de su existencia que hasta el momento nos había escatimado. Esta revelación repentina provoca la estupefacción del lector, también la conciencia del tiempo que necesita un hombre para confesar el episodio que marcó su vida y que le provoca un remordimiento sin alivio. Ese título, A merced de una corriente salvaje, se refiere a la incapacidad de controlar el propio destino, pero bien podría definir lo que hoy sentimos aquellos que tuvimos la suerte de desarrollar gran parte de nuestra existencia en un mundo que frenó el caos producido por las grandes guerras, y aspiró a ordenar los asuntos internos con la idea del bienestar, y los externos en base a unas reglas que respetaran el derecho común internacional. La sensación, como en la biografía del hombre Roth, es que de pronto en este acto de nuestras vidas se han desmoronado los principios acordados, y somos nosotros, ilusos, lo que creíamos que la historia avanzaba en la senda irrenunciable del progresismo, quienes percibimos que nuestro lenguaje no llega a conectar con una juventud (no toda), que desconociendo la historia que nos trajo hasta aquí, muestra su rebeldía sintiéndose fascinada por enmendarles la plana a unos padres que, al fin y al cabo, defienden el viejo y convencional status quo. Su información, vayamos aceptando la evidencia, no proviene de la lectura de periódicos sino de unas redes que estrechan el conocimiento, traduciendo a titulares llamativos los artículos de prensa o las palabras de la radio, y plagando así de malentendidos el paisaje; abonando el pensamiento del incauto con una ideología de cuatro nudos divulgada por exitosos youtubers: resentimiento masculino, proyecto de independencia financiera, rechazo a los impuestos y a todo lo que tenga que ver con las normas institucionales.

Claves del libertarismo radical. Una rebeldía, como escribió Pablo Stefanoni, que se volvió no tanto conservadora al viejo estilo (ojalá) como de derecha extrema.

Este giro de la historia me intriga. Escucho, leo y no consigo dar con las razones que expliquen cuáles fueron las causas para que una corriente salvaje agite hoy el curso de nuestras vidas a un nivel planetario. El antiprogresismo, dice Stefanoni, es el pegamento. De hecho todos, aquí y al otro lado, han desempolvado los viejos espantajos de la Guerra Fría, como el miedo a los comunistas. Si Ayuso usa hoy el término “izquierdistas radicales” es porque asume el discurso trumpista, como así hacen Netanyahu, Milei, Orbán, Abascal, Meloni, dando muestras de una complicidad entre ellos que se diría amistosa, con fotos de reuniones familiares o en despachos donde la motosierra de los recortes públicos preside la reunión. Recuerden aquellos primeros encuentros internacionales, todo parecía como una pantomima, pero si hubiéramos sido más perspicaces habríamos percibido que tenían fe en que el capital y un público henchido de rebeldía les iría abonando la victoria. La rebelión del público, como escribió Martín Gurri, esa ciudadanía que ha puesto en crisis la autoridad para defender la antipolítica. Qué mundo quedará después de este férreo desprecio por lo colectivo. No sé si personas de mi edad llegaremos a ver el fin de esta fiesta desatada. Ahora nos acogota el desconcierto. Resulta que quienes defienden un feroz individualismo son capaces de ponerse de acuerdo y aunar sus voces en un solo grito colectivo y el progresismo que siempre luchó por el bienestar colectivo da muestras a diario de su incapacidad para ponerse de acuerdo. Decía el poema de Yeats, “A los mejores les falta convicción/ y los peores están llenos de apasionada intensidad”. Tal vez nos falte esa pasión, tal vez creernos los mejores no sea una buena estrategia.

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domingo, 11 de enero de 2026

“No podéis servir a la vez a Dios y a las riqueza” ... conviene no usar el nombre de Jesús en vano

Traiciones a las tradiciones

Si quienes reivindican el glorioso pasado occidental leyeran a los clásicos se encontrarían con un arsenal de ideas éticas audaces y llamamientos a los corazones sin coraza



Cada época elige sus metáforas favoritas. Hoy triunfa en occidente la imagen de la fortaleza asediada. En tiempos convulsos, el mundo privilegiado sueña con alambradas, puentes levadizos y fosos con cocodrilos. Cuando la inquietud por lo impredecible es demasiado agotadora, deseamos refugios inexpugnables. Si poseer una vivienda está fuera del alcance de la mayoría, al menos podemos construirle un castillo a la identidad.

Quienes reivindican el glorioso pasado occidental suelen presentarse como adalides de la riqueza, mientras arrojan sombras de sospecha sobre pobres y migrantes, equiparados con parásitos y delincuentes. En sus discursos nostálgicos, las promesas de seguridad y prosperidad se presentan ataviadas con las galas de los valores tradicionales y las raíces cristianas. Sin embargo, si abrieran las páginas de esos clásicos a quienes tanta devoción proclaman, encontrarían paisajes sorprendentes: un arsenal de ideas éticas audaces y llamamientos a los corazones sin coraza.

Las listas de fin de año son un compendio de nuestros ideales. Reflejan sin pudor cómo nos fascinan las personas más ricas, mejor vestidas o más deseadas. Entre los griegos nunca existió una clasificación de grandes fortunas; en cambio, el listado más célebre era el de los Siete Sabios. Lejos de la obsesión consumista, los pensadores antiguos más admirados defendían una vida austera sin despilfarro, hoy diríamos el decrecimiento. Cierta vez Sócrates sufrió burlas por su ropa gastada, ridiculizado con el apodo “profesor de miseria”. Respondió: “Crees que la felicidad es lujo y derroche. En cambio, yo pienso que necesitar lo menos posible es algo divino”. Los estoicos, cuyas frases de motivación tanto nos gusta citar, dejaron advertencias —mucho menos publicitadas en redes sociales— contra la esclavizadora sed de ganar cada vez más dinero. Epicteto enseñaba: “Si ambicionas amontonar riquezas, perderás totalmente los medios para granjearte la libertad y la felicidad”. Séneca, dueño de una gran fortuna, opinó: “Quien necesita un gran patrimonio, mientras piensa en su incremento, se olvida de su uso: de señor se convierte en servidor”.

En el Sermón de la Montaña, Jesús utilizó, como Séneca, la metáfora de la servidumbre, y afirmó: “No podéis servir a la vez a Dios y a las riqueza”. Aunque hoy nos presentan el dinero —mucho dinero— como la llave que abre todas las cerraduras y el cómplice de todos los deseos, nuestros clásicos solían definirlo en términos de compulsión: el amo más exigente y el mayor ladrón de nuestra libertad. Cuando un joven rico se acercó a Jesús, este le dijo: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y poseerás un tesoro en el cielo; después ven, y sígueme”. Al escuchar estas palabras, cuenta san Mateo, el joven se alejó entristecido, porque tenía muchas riquezas. Una sombra melancólica quedó gravitando sobre los discípulos, y entonces Jesús pronunció esa máxima rotunda: es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico cruzar el umbral de los cielos. Aquellos primeros cristianos considerarían un disparate que magnates multimillonarios se proclamen, milenios después, profetas del camino —siempre estrecho— de la salvación.

Otro pilar del imaginario occidental, el filósofo Platón, preocupado por el desgarro social que produce la desigualdad, escribió en Las Leyes que ningún ciudadano debería conocer ni una extrema pobreza ni una excesiva riqueza. Propuso fijar por ley un límite en ambos sentidos, impidiendo que las propiedades de cada persona disminuyan por debajo de un mínimo, y autorizando llegar como máximo al cuádruple de ese límite. “Si las adquisiciones de alguien sobrepasan esta medida, sea por donación o por haber tenido suerte en los negocios, deberá ceder a la ciudad y a los dioses todo lo que exceda”. Ciertos paladines de la identidad cultural leerían con rechinar de dientes esta inaudita defensa —no por accidente, muy occidental— del estado distributivo y la solidaridad ciudadana.

Entre nuestros clásicos incontestables, la Eneida, el gran poema épico del Imperio Romano, debe su nombre a un exiliado en fuga y derrota, un náufrago oriental que buscó una vida mejor en Europa. Eneas se parece más a los emigrantes que mueren en las pateras del Mediterráneo que a los poderosos que hoy les cierran puertos y puertas. Los romanos creían que su gloriosa historia provenía del mestizaje entre los pueblos del Lacio y los perdedores de la guerra de Troya. El emperador Augusto presumía de ser descendiente de Eneas —un inmigrante—, y encargó al poeta Virgilio un canto a la acogida del extranjero. Según el mito fundacional de Roma, esos a quienes llamamos parias son, en realidad, quienes construyen las patrias.

No es el único refugiado célebre en nuestras tradiciones: la familia de Jesús huyó a Egipto para salvar su vida de la furia asesina de Herodes. El Evangelio de Mateo cuenta que permanecieron en el país del Nilo hasta la muerte del rey. Nunca sabremos si a José le dieron empleo, si fue acusado de robar el trabajo a los egipcios o si los cuerpos de seguridad faraónicos lo hostigaron como criminal. Ignoramos las penurias que soportaron o las amistades que tal vez forjaron. Pero reconocemos la emoción que impregna las palabras de Jesús sobre los extranjeros: “Tuve hambre, y me disteis de comer; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. En verdad os digo que cuanto hagáis a estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis”. Aquellos que hostigan a los migrantes o los arrojan al frío, quienes arrancan la atención sanitaria y los programas de alimentos a los desamparados, quienes cercan las prisiones con crueldad, traicionan la tradición y atacan el corazón de nuestras raíces. Queridos guardianes de las esencias: conviene no usar el nombre de Jesús en vano.

La diversidad, hoy tan denostada, no asustó a la civilización romana. No exigían a los emperadores haber nacido en Italia. Trajano, Adriano y Teodosio eran hispanos; Septimio Severo, oriundo de la provincia de África; Macrino, de Mauritania Cesariense; Heliogábalo, Alejandro Severo y Filipo el Árabe, de Siria; Gordiano, de Asia Menor. La lista continúa. Marco Aurelio, que se enorgullecía de su abuelo cordobés, describió en sus Meditaciones —otro clásico imprescindible— cómo debía comportarse el gobernante más poderoso: “¡Cuidado! No te conviertas en un César. Mantente sencillo, bueno, puro, respetable, sin arrogancia, amigo de lo justo, piadoso, benévolo, afable. Respeta a los dioses, ayuda a salvar a los hombres”.

La tradición cultural es un campo de batalla donde se juega el futuro. Allí pugnan voces que invocan a los clásicos a conveniencia, sin profundizar demasiado, sin animar a leerlos, ausentes la crítica y el criterio. Los colocan en altos pedestales donde solo reciben la visita de las palomas. Hay algo paradójico en ese estatus solemne y marmóreo: mitifica a los padres fundadores y, a la vez, anestesia sus mensajes más rompedores y exigentes. Muchos líderes de nuestros imperios políticos y emporios económicos utilizan la antigüedad imperial para cubrir de prestigio su propaganda y amurallar el fortín de la identidad, pero poco les interesa debatir acerca del pasado —sobre los logros y las sombras—. Cuando afirman defender nuestras tradiciones, están protegiendo su poder, sus intereses y su dinero, no a las personas: tal vez les importa más el posesivo que el sustantivo.

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Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).