domingo, 8 de febrero de 2026

Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte.

Esta inacabable charlatanería

Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha

Fernando Vicente


Irene Vallejo

Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal SócratesLo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.

sábado, 31 de enero de 2026

¿Cómo puede ser? ... ¿cómo puede ser que esta persona esté así, cómo puede ser que no me ponga a gritar, cómo puede ser que no podamos hacer nada para que deje de estarlo?

Exclusión

Veo a los mendigos, pero nunca me detengo, no pregunto. No es que tenga miedo, es que no sabría qué hacer

'La calle' de Dani Yako, una de las fotografías incluidas en su libro 'Exclusión'. La imagen ha sido cedida por el autor.
dani yako



Mi padre ayudaba con alimentos a tres hermanos viejos que vivían en una casa en ruinas. Mi madre le daba comida a un chico que pasaba a la hora del almuerzo. Cualquiera que tocara a la puerta de mi abuela se iba con mercadería y dinero. Era una solidaridad espástica, nadie se preguntaba si le estaba haciendo daño a un mendigo cuando le daba plata. Teníamos la esperanza de que, por un rato, la vida de esas personas fuera mejor. Cuando mi abuela veía irse al sujeto mugriento, rotoso, sacudía la cabeza y decía: “¿Cómo puede ser?”. Esa pregunta implicaba cosas: ¿cómo puede ser que esta persona esté así, cómo puede ser que no me ponga a gritar, cómo puede ser que no podamos hacer nada para que deje de estarlo? Ahora vivo en Buenos Aires y, como casi todos, no hago nada. El último censo del Gobierno de la ciudad reveló que hubo un aumento interanual del 30% de personas viviendo en la calle: 5.176 seres. Otro, realizado por diversas ONG, arrojó un número distinto: 11.892. Es mucha gente. Corro siempre en torno al muro de un cementerio. El otro día, había dos personas durmiendo al rayo del sol con 39 grados. Uno de ellos, el que parecía mujer, me dio toda la impresión de estar muerto. El jueves vi cómo la policía se llevaba a un hombre, una mujer y un nene que, sentado sobre un colchón, miraba hacia la nada. A menudo veo a una muchacha preciosa peinándose y hablando sola. Nunca me detengo, no pregunto. No es que tenga miedo, es que no sabría qué hacer. El extraordinario fotógrafo argentino Dani Yako supo. Acaba de publicar un libro, Exclusión, editado por Rizoma, con un texto de Martín Caparrós, que reúne fotos de personas que duermen en la calle y cuyo rostro no se ve. Envueltos en mantas, plásticos, cartones, estos durmientes retorcidos, larvarios, amortajados, no nos hablan de la única pregunta que parece importar —¿cuántos son?—, sino de la única que realmente importa: ¿cómo puede ser?

domingo, 18 de enero de 2026

El antiprogresismo, dice Stefanoni, es el pegamento.

Una corriente salvaje

Qué mundo quedará después del actual férreo desprecio por lo colectivo. No sé si personas de mi edad llegaremos a ver el fin de esta fiesta desatada

Jóvenes celebran los resultados electorales de Vox, en abril de 2019, en Madrid. ... Óscar del Pozo (Getty)


El libro de memorias más misterioso que he leído nunca fue, sin duda, A merced de una corriente salvaje, de Henry Roth. En el segundo tomo, el autor, ya viejo, desvela sin previo aviso un asunto crucial de su existencia que hasta el momento nos había escatimado. Esta revelación repentina provoca la estupefacción del lector, también la conciencia del tiempo que necesita un hombre para confesar el episodio que marcó su vida y que le provoca un remordimiento sin alivio. Ese título, A merced de una corriente salvaje, se refiere a la incapacidad de controlar el propio destino, pero bien podría definir lo que hoy sentimos aquellos que tuvimos la suerte de desarrollar gran parte de nuestra existencia en un mundo que frenó el caos producido por las grandes guerras, y aspiró a ordenar los asuntos internos con la idea del bienestar, y los externos en base a unas reglas que respetaran el derecho común internacional. La sensación, como en la biografía del hombre Roth, es que de pronto en este acto de nuestras vidas se han desmoronado los principios acordados, y somos nosotros, ilusos, lo que creíamos que la historia avanzaba en la senda irrenunciable del progresismo, quienes percibimos que nuestro lenguaje no llega a conectar con una juventud (no toda), que desconociendo la historia que nos trajo hasta aquí, muestra su rebeldía sintiéndose fascinada por enmendarles la plana a unos padres que, al fin y al cabo, defienden el viejo y convencional status quo. Su información, vayamos aceptando la evidencia, no proviene de la lectura de periódicos sino de unas redes que estrechan el conocimiento, traduciendo a titulares llamativos los artículos de prensa o las palabras de la radio, y plagando así de malentendidos el paisaje; abonando el pensamiento del incauto con una ideología de cuatro nudos divulgada por exitosos youtubers: resentimiento masculino, proyecto de independencia financiera, rechazo a los impuestos y a todo lo que tenga que ver con las normas institucionales.

Claves del libertarismo radical. Una rebeldía, como escribió Pablo Stefanoni, que se volvió no tanto conservadora al viejo estilo (ojalá) como de derecha extrema.

Este giro de la historia me intriga. Escucho, leo y no consigo dar con las razones que expliquen cuáles fueron las causas para que una corriente salvaje agite hoy el curso de nuestras vidas a un nivel planetario. El antiprogresismo, dice Stefanoni, es el pegamento. De hecho todos, aquí y al otro lado, han desempolvado los viejos espantajos de la Guerra Fría, como el miedo a los comunistas. Si Ayuso usa hoy el término “izquierdistas radicales” es porque asume el discurso trumpista, como así hacen Netanyahu, Milei, Orbán, Abascal, Meloni, dando muestras de una complicidad entre ellos que se diría amistosa, con fotos de reuniones familiares o en despachos donde la motosierra de los recortes públicos preside la reunión. Recuerden aquellos primeros encuentros internacionales, todo parecía como una pantomima, pero si hubiéramos sido más perspicaces habríamos percibido que tenían fe en que el capital y un público henchido de rebeldía les iría abonando la victoria. La rebelión del público, como escribió Martín Gurri, esa ciudadanía que ha puesto en crisis la autoridad para defender la antipolítica. Qué mundo quedará después de este férreo desprecio por lo colectivo. No sé si personas de mi edad llegaremos a ver el fin de esta fiesta desatada. Ahora nos acogota el desconcierto. Resulta que quienes defienden un feroz individualismo son capaces de ponerse de acuerdo y aunar sus voces en un solo grito colectivo y el progresismo que siempre luchó por el bienestar colectivo da muestras a diario de su incapacidad para ponerse de acuerdo. Decía el poema de Yeats, “A los mejores les falta convicción/ y los peores están llenos de apasionada intensidad”. Tal vez nos falte esa pasión, tal vez creernos los mejores no sea una buena estrategia.

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