domingo, 11 de octubre de 2026

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El problema ha dejado de ser el “déficit de empatía” ; ahora es el “excedente de brutalidad”.

La era de la crueldad

Trump ha normalizado la burla y la humillación como arma política; no es tarde para evitar el contagio en la próxima campaña electoral

Quintatinta (con fotografía de Getty Images)


El País (EDITORIAL)

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la burla del débil, la ofensa al enfermo o la humillación del desvalido quedaban excluidas del lenguaje democrático y el único espacio para estos discursos eran los rincones menos recomendables de la esfera política y mediática. No hace falta idealizar el pasado para recordar que a principios de este siglo un presidente de Estados Unidos del Partido Republicano como George W. Bush propugnaba un “conservadurismo compasivo”, porque consideraba que los valores de la derecha que él representaba no estaban en absoluto reñidos con la ayuda a los desfavorecidos o la escucha de los demás. Su sucesor, Barack Obama, defendía que el “déficit de empatía” era un problema más grave que el déficit presupuestario, y propugnaba el esfuerzo mental de “ponerse en los zapatos del otro” y “ver el mundo con sus ojos”. Todas estas buenas intenciones eran tal vez ingenuas, pero al menos mostraban una voluntad de decencia y ejemplaridad. Saltaron por los aires cuando Donald Trump irrumpió hace una década en la escena electoral llamando “violadores” a los inmigrantes mexicanos, gesticulando en un mitin para imitar a un periodista discapacitado o despreciando el historial bélico de alguien como John McCain, prisionero durante más de cinco años en Vietnam y considerado un héroe en su partido y su país. Ahí no había empatía ni compasión. Y solo era el principio.

Trump ha normalizado la crueldad como arma política y ha inspirado a todo tipo de imitadores en América y Europa. Desde la exhibición desacomplejada de los detenidos en las cárceles de El Salvador por parte de Nayib Bukele hasta el calificativo de “invasores” para inmigrantes menores de edad en Ceuta, hay un rasgo común: la desinhibición de la palabra y la certeza de que no se paga un precio por vulnerar algunas reglas no escritas. No es otro el modelo de negocio de redes sociales que, como la de Elon Musk, premian el ruido y la polarización. Ni es distinta la visión que sustentan algunos oligarcas: la de un mundo en el que lo que Musk denomina “empatía suicida” amenaza con el fin de la “civilización occidental”. “Liberad a los lobos”, reza el subtítulo de uno de los ensayos que entusiasma al amo de X. Si era necesario demostrar que la brutalidad se ha instalado en el centro de la vida estadounidense, lo ha confirmado esta semana la decisión del Pentágono de retransmitir la ejecución de un militar condenado a muerte, una práctica propia de organizaciones como el Estado Islámico. Lo que hace años habría quedado en los márgenes —la testosterona como programa y la desinhibición como reclamo electoral— es doctrina oficial en la primera potencia del mundo.

El contagio es inevitable. Y tiene que ver también con la atomización del espacio público fomentada por algoritmos ávidos de bronca y con un capitalismo cuyos excesos las democracias no logran embridar. Hay algo más: la erosión del contrato social en torno al Estado del bienestar tras la II Guerra Mundial, un proyecto que habría sido irrealizable sin la convergencia de democristianos y socialdemócratas.

Hoy estos consensos se deshilachan y es la extrema derecha la que avanza en los sondeos y encadena victorias. Los referentes ya no son Bush, y menos aún Adenauer o De Gaulle. Son Trump, Musk, la motosierra de Milei o el último agitador en X o TikTok. La moderación se ha convertido en defecto y el extremismo, en virtud. Pero son lenguajes ajenos a las corrientes que han construido Europa, y por eso produce extrañeza que haya conservadores que renieguen de ellas, o que desde formaciones que aspiran a formar parte del próximo Gobierno español se denigre a una anciana desahuciada de su piso o a deshumanizar a los inmigrantes. El problema ha dejado de ser el “déficit de empatía” del que hablaba Obama; ahora es el “excedente de brutalidad”. Si fuera posible contenerla e introducir unas dosis de la empatía obamiana o la compasión de Bush, sería una señal esperanzadora a las puertas de esta campaña electoral.

domingo, 20 de septiembre de 2026

La vanidad abunda por doquier: nadie se identifica con el individuo promedio, mucho menos por debajo...

Fiebre, arrebato y némesis

Cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado

Fernando Vicente



¿Te crees muy lista? Fui una niña parlanchina, preguntona y respondona, reñida con el argumento de autoridad. Por eso, supongo, me acusaron tantas veces de sabelotodo. Tal vez lo fuera, pero con el paso de los años he descubierto que esa vanidad abunda por doquier. Según repetidas encuestas, prácticamente todos nos consideramos más atractivos, inteligentes, simpáticos y honrados que la mediana poblacional, lo que es estadísticamente imposible. Nadie se identifica con el individuo promedio, mucho menos por debajo. Con elegancia irónica y socarrona, estos resultados prueban que, por defecto, tendemos a sobreestimarnos. No somos árbitros fiables de los méritos propios.

Esa superioridad ilusoria suele justificarse con razones estrafalarias. El supremacismo blanco, por ejemplo, exalta una mutación que decoloró a los migrantes en su adaptación al norte. Los grupos de homo sapiens que partieron de África hacia otros continentes tenían la piel oscura, escudo natural ante el sol abrasador de su tierra. En latitudes frías y menos soleadas, una piel clara absorbía más luz y ayudaba a fabricar vitamina D, evitando el raquitismo y los huesos blandos. No se extendió por ser más bella, signo de elegidos o destino manifiesto. Fue un cambio, en origen azaroso, que se expandió gradualmente y con variadas gamas, porque resultaba útil para sobrevivir en otros climas: ventaja aquí, desventaja allá. Parece extravagante entonar hoy odas entusiastas a la despigmentación; con la misma lógica, podríamos considerar a la gente canosa como la cúspide de la especie.

El racismo es, en términos históricos, un fenómeno reciente: la clasificación en razas —y no en pueblos— cundió entre la población solo en época moderna. Según la antigua mitología, los dioses griegos amaban y visitaban con frecuencia el pueblo etíope en su reino del sur. Odiseo afirma, trenzando hexámetros homéricos, que nunca vio un hombre más hermoso y gallardo que Memnón. Este héroe negro, adversario de Aquiles, protagonizó una epopeya del ciclo de Troya, la Etiópida, hoy reducida a fragmentos. Siglos después, el historiador Heródoto aseveró que los etíopes eran los más altos y apuestos del mundo. En aquel país de resonancias legendarias situó la fuente de la juventud.

En nuestro imaginario colectivo sigue vigente la idea de que las razas conllevan diferencias decisivas. Sin embargo, los científicos no han encontrado genes que permitan agrupar a las personas en categorías raciales coherentes. Ante el solapamiento de rasgos independientes entre sí, como el tono de la piel, el color de ojos y la textura del cabello, el concepto de raza se ha resquebrajado, y en la investigación contemporánea carece de validez biológica. Además, los análisis de ADN han demostrado que la diferencia genética entre dos individuos cualesquiera representa menos del uno por ciento. Los humanos somos mucho más parecidos entre nosotros que la mayoría de mamíferos dentro de su especie. La nuestra es una combinación asombrosamente rara: los animales más extendidos por el planeta y, a la vez, los más cohesionados genéticamente. La expresión “nuestros semejantes” es literal: tan idénticos somos que necesitamos inventar diferencias insalvables.

Los ronroneos de la vanidad acariciada dan gusto, es cierto. Pero creerse mejor que los demás conlleva riesgos. Las más poderosas dinastías y monarquías, proclamándose únicas, diferentes e intocables, han practicado a lo largo de los siglos la endogamia. La condición de elegidos y la sangre azul no debían contaminarse. Así, por cierto, los bienes quedaban en familia. Sin embargo, los matrimonios dentro de poblaciones cerradas incrementan las enfermedades hereditarias de la descendencia. El dorado y célebre faraón niño Tutankamón accedió al trono con once años. En su estirpe era habitual el matrimonio entre familiares, los preferidos de los dioses. Frente al despliegue hipnótico de lujos en su tumba, fácilmente olvidamos que murió enfermo con diecinueve años. Entre los sarcófagos de oro macizo, las joyas, los carros de combate y el esplendor de su ajuar funerario, en un ángulo oscuro reposan los bastones del adolescente frágil, que sufría varios síndromes, una enfermedad ósea y una malformación en el pie. Junto a sus propiedades y riquezas, junto a sus ínfulas exclusivas, la gota, la sífilis, el prognatismo o la hemofilia han formado parte de las herencias imperiales.

Como explicó el teórico ruso Mijaíl Bajtín, la risa es nuestro mejor instrumento para poner música —y carcajadas— al absurdo de la desigualdad. Por eso, adoro esos momentos juguetones en que los héroes arrogantes reconocen su pertenencia a la familia numerosa del despropósito humano. En Grecia circuló la epopeya humorística Margites, atribuida al mismísimo Homero, una parodia de la Ilíada y la Odisea. Gracias a menciones de otros autores, sabemos que el tal Margites era torpe y solía fracasar en sus quehaceres épicos. De ese famoso personaje, escribió Aristóteles, procede la estrambótica genealogía de la comedia. Es sintomático que el poema se perdiera. Pero Margites no fue el único en asumir su ridiculez. Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, mientras Heracles dormía a la orilla de un sendero, dos gemelos salteadores de caminos le birlaron las armas. Heracles los capturó y, como castigo, los ató cabeza abajo a un palo que cargó a hombros, como quien acarrea cubos de agua a la espalda con un madero. Los hermanos rompieron a reír porque así colgados tenían ante los ojos el trasero de Heracles, peludo y feísimo. Heracles preguntó por su jolgorio y, cuando supo de la desairada espesura de sus nalgas, le pareció tan cómico que entre risotadas dejó ir a sus deslenguados prisioneros.

Los griegos llamaban hybris a la locura que se desata cuando alguien, enfebrecido por el poder, sufre un arrebato de arrogancia; cuando ejerce intimidación y violencia sobre los demás, quebrantando las leyes humanas y divinas. El individuo infatuado y que cree merecerlo todo —pensaban— rompe los equilibrios universales que rigen el mundo. En una espiral sin retorno, el soberbio era poseído por la ofuscación y las ideas necias, y después Némesis —diosa de la justicia distributiva, la solidaridad y la venganza— le aplicaba el castigo destinado a quienes ultrajan a los demás. Némesis era una antigua divinidad, la santa patrona de la colaboración y la indignación, encargada de suprimir la desmesura. Su nombre viene de némein, “dar a cada cual lo que corresponde, repartir”. Cuando un hombre se jactaba de sus riquezas sin aliviar la pobreza del prójimo, Némesis intervenía para reprenderlo. Arrastró al rey Creso, ufano de sus lujos, convencido de su grandeza y demasiado seguro de la victoria, a una expedición contra los persas en el actual Irán, donde sufriría un trágico descalabro.

Contra esta antigua sabiduría, la nueva consigna social en las redes y la autoayuda nos impulsa a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, a “maximizarnos” –según la jerga de moda– en una pendiente que se desliza fácilmente hacia el sentimiento de superioridad hacia quienes carecen de dinero, hogar, tiempo, disciplina o un cuerpo cincelado. Y así nosotros, criaturas que nacemos frágiles y permanecemos más tiempo que ninguna otra en el desvalimiento, vamos olvidando nuestras limitaciones, el valor de la colaboración, la necesidad de los otros. Tal vez por eso, cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado. Némesis, experta en bajarnos los humos, susurra que sentirnos mejores que otros es solo una ilusión, un error que nos arrastra al horror.