Que te “porle” un ‘incel’
Si has nacido en una ciudad fundada por los templarios, una orden de monjes guerreros célibes, los jóvenes modernos no te asustan
La noche del viernes escuché a un muchacho preguntarle bravo a uno de los diez amigos que avanzaban por la calle junto a él: “¿Qué prefieres comerte? ¿Un bocadillo de uñas o uno de pelo?”. El preguntado empezó a enumerar las desventajas de comer pelo pero el preguntador le dijo cortante:“¡No me estás respondiendo!”, a lo que el preguntado, con mirada gacha, obedeció. “De uñas”. El resto de chicos estalló en lololos mientras yo resistía una arcada (¿o era una carcajada?). Los chavales se dirigieron en escuadrón a una de esas hamburgueserías fundadas por startuperos que últimamente aparecen por todas partes, cuyos dueños, jovencísimos también, ofrecen a sus clientes no solo las proteínas que necesitan para alimentar sus pubertades sino la imagen del triunfo que deben ansiar: capitanes intrépidos con ahorros en bitcoins, Chief Executive Machotes. Cuando por fin les perdí de vista me sentí aliviada —llevo mal los gritos— pero no sorprendida: esos adolescentes se parecían a los que yo conocí, niños de colegio religioso casi segregado donde las niñas éramos un exotismo arrinconado en el patio para que ellos jugasen al fútbol; hijos de esa concertada ultracatólica que se comió la democracia y las aulas mixtas a regañadientes por dinero (y que se ha acabado saliendo con la suya). Los de mi quinta nos hacían una cosa a las niñas para mantenernos a raya: nos porlaban. El ritual daba pánico porque ninguna sabía en qué consistía la porlación hasta que pasaba por ella. Entre varios te cogían por piernas y brazos, te neutralizaban en el suelo y una vez que no te podías mover procedían: “Por la señal, de la Santa Cruz, de nuestros enemigos…”. A mí, que nací en una ciudad fundada por una orden de monjes guerreros célibes, los templarios, y que fui a colegio de curas, el moderno problema de los incels, jóvenes que ingresan en un culto porque no saben relacionarse con las mujeres, no me asusta. De hecho, me alegro mucho de que se hable de ello públicamente y por fin tenga mala reputación la misoginia institucionalizada.