martes, 1 de abril de 2025

Más dedos en la mano que neuronas en la cabeza...

Que te “porle” un ‘incel’

Si has nacido en una ciudad fundada por los templarios, una orden de monjes guerreros célibes, los jóvenes modernos no te asustan


Mark Stanley, Owen Cooper y Stephen Graham, en el primer episodio de 'Adolescencia'.
Netflix


La noche del viernes escuché a un muchacho preguntarle bravo a uno de los diez amigos que avanzaban por la calle junto a él: “¿Qué prefieres comerte? ¿Un bocadillo de uñas o uno de pelo?”. El preguntado empezó a enumerar las desventajas de comer pelo pero el preguntador le dijo cortante:“¡No me estás respondiendo!”, a lo que el preguntado, con mirada gacha, obedeció. “De uñas”. El resto de chicos estalló en lololos mientras yo resistía una arcada (¿o era una carcajada?). Los chavales se dirigieron en escuadrón a una de esas hamburgueserías fundadas por startuperos que últimamente aparecen por todas partes, cuyos dueños, jovencísimos también, ofrecen a sus clientes no solo las proteínas que necesitan para alimentar sus pubertades sino la imagen del triunfo que deben ansiar: capitanes intrépidos con ahorros en bitcoins, Chief Executive Machotes. Cuando por fin les perdí de vista me sentí aliviada —llevo mal los gritos— pero no sorprendida: esos adolescentes se parecían a los que yo conocí, niños de colegio religioso casi segregado donde las niñas éramos un exotismo arrinconado en el patio para que ellos jugasen al fútbol; hijos de esa concertada ultracatólica que se comió la democracia y las aulas mixtas a regañadientes por dinero (y que se ha acabado saliendo con la suya). Los de mi quinta nos hacían una cosa a las niñas para mantenernos a raya: nos porlaban. El ritual daba pánico porque ninguna sabía en qué consistía la porlación hasta que pasaba por ella. Entre varios te cogían por piernas y brazos, te neutralizaban en el suelo y una vez que no te podías mover procedían: “Por la señal, de la Santa Cruz, de nuestros enemigos…”. A mí, que nací en una ciudad fundada por una orden de monjes guerreros célibes, los templarios, y que fui a colegio de curas, el moderno problema de los incels, jóvenes que ingresan en un culto porque no saben relacionarse con las mujeres, no me asusta. De hecho, me alegro mucho de que se hable de ello públicamente y por fin tenga mala reputación la misoginia institucionalizada.

sábado, 22 de marzo de 2025

Prohibición del uso de tabletas y demás dispositivos digitales de uso individual en los colegios financiados con dinero público...

A Ayuso lo que es de Ayuso

Oponerse por estrategia política a una medida como prohibir las tabletas en los colegios, avalada por el sentido común y por los expertos, es bochornoso


Ayuso, en septiembre de 2023 en una vista a un colegio de Arganda del Rey (Madrid) con motivo de la inauguración del curso escolar.
A. Pérez Meca (Europa Press)



La Comunidad de Madrid será la primera de España en prohibir el uso de tabletas y demás dispositivos digitales de uso individual en los colegios financiados con dinero público. Los alumnos sólo podrán utilizarlas si las comparten, y su uso estará restringido a como máximo dos horas semanales. Los profesores tampoco podrán mandarles deberes que requieran de dispositivos digitales ni a través de plataformas online, y como madre de dos niños madrileños no puedo alegrarme más.


No voy a negarles que, al conocer la noticia, entre mi alegría se coló, fíjense qué tontería, un poco de resentimiento porque la medida la haya tomado el PP de Ayuso. Supongo que la polarización que ella misma contribuye a sembrar acaba generando esto: que nuestra visión del otro (particularmente si ese otro tiene un cargo político, pero no sólo) sea deshumanizada e irracional, desconfiada incluso cuando uno comprueba —o sobre todo cuando uno comprueba— que tiene destellos de sensatez. También supongo que me habría gustado que esta causa la abanderara la izquierda, como me gustaría ver a la izquierda en lugar de a Donald Trump criticando a la OTAN o reivindicando que las categorías deportivas estén divididas por sexos.


No soy la única a la que le ha escocido que la medida la haya tomado Ayuso: los sindicatos se han descolgado con declaraciones bastante penosas, criticando que esta decisión puede trastocar los proyectos educativos, como si fueran más importantes que la salud mental o la capacidad de atención de los menores, dos áreas en las que se ha demostrado que el uso de dispositivos digitales tiene consecuencias nefastas. O señalado que la Comunidad de Madrid invirtió dinero y recursos en materiales y formación para implantar las tabletas en la escuela, como si haber cometido un error le tuviera que llevar a seguir perpetuándolo.


La representante de CC OO se atrevía a decir incluso que “el problema de las pantallas no se encuentra en los centros educativos, sino en las familias”. Unas declaraciones irresponsables y contrarias a lo que hoy dicen los expertos: la Asociación Española de Pediatría recomienda que el uso de pantallas sea nulo antes de los seis años y que se utilicen durante un máximo de una hora al día a partir de entonces.


Puede que detrás de la decisión del Gobierno de Ayuso haya un puro cálculo electoral, al ver cómo la preocupación sobre esta cuestión crece, sobre todo entre padres de clase media aspiracional, que es uno de sus principales caladeros de votos. Pero oponerse por mera estrategia política a la que es una medida avalada por el sentido común además de por los expertos es bochornoso.


Quien también se ha quejado es la patronal de las escuelas católicas de Madrid, que la considera una medida liberticida, como si la libertad primera no fuera la que deberíamos garantizarles a nuestros hijos y alumnos de crecer en un entorno sano y que vele por su correcto desarrollo.

Y no son los únicos que clamarán contra el destierro de las tabletas de las aulas madrileñas, ya sea por interés económico, por andar desnortados, por estrategia política o porque los prejuicios les impidan reconocer que incluso un reloj averiado atina dos veces al día. El caso es que esta decisión debería esperanzarnos no sólo porque sea positiva para los alumnos, que lo es, sino porque demuestra que algunos asuntos son aún capaces de hacer que salgamos de la trinchera. Y la protección de la infancia debería ser uno de ellos.

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Artemidoro de Éfeso 

Bravo, a crear una generación de Ignorantes tecnológicos. La solución no es prohibir sino utilizar correctamente para educar. Cuando den programación que lo hagan con lápiz y papel; cuando busquen información que lo hagan en una enciclopedia de hace cuarenta años, si la encuentran. Pero eso sí, al salir de clase todo el móvil y la tablet que sea posible, sin guía, ni formación. Una solución al estilo Ana Iris. Cómo si el mundo fuera el mismo de hace cuarenta años.

domingo, 9 de febrero de 2025

Tratamos a las gallinas como si fueran bobas, y no es eso, es que están asustadas.

Necesitan una representación, un sindicato



Necesitan  algo que alivie la crueldad con la que las tratamos

Grupo de gallinas criadas en un corral en la granja Riverdog en Guinda, California.
Paul Chinn (The San Francisco Ch



Tratamos a las gallinas como si fueran bobas, y no es eso, es que están asustadas. Llevamos 8.000 años robándoles los huevos y utilizándolas luego para carne. Cuando, dada su edad, no sirven ni para una cosa ni para la otra, van al desguace, donde las convertimos en cubitos envueltos en papel de plata para hacer consomé. Por eso están neuróticas las pobres; de ahí que no dejen de mirar a un lado y otro, como para predecir de dónde les va a venir el nuevo golpe. Con frecuencia, las estabulamos en una pila de jaulas por las que solo pueden sacar la cabeza para picotear el pienso. Están inmovilizadas de tal forma que por pura desesperación se sacan los ojos entre sí. No les hemos devuelto ni la mitad de lo que nos vienen dando desde tiempos inmemoriales.

Es cierto que a veces se han utilizado también en rituales de carácter espiritual o religioso, muchos de los cuales, sin embargo, incluyen su degollamiento porque a través de su sangre el mundo visible se pone en contacto con el invisible. Eso creen en algunas culturas. En la nuestra son meras proveedoras de proteínas y placer gastronómico. Sus huevos combinan con todo, desde el caviar a la berenjena, y se pueden servir revueltos o enteros y hasta crudos, para sorberlos como el que aspira una ostra. Les exigimos que engorden rápido, que produzcan más, que no ensucien tanto el gallinero. En algunas de sus instalaciones, cuando llega la noche, se les enciende la luz para que crean que es de día y vuelvan a poner. Necesitan una representación, un sindicato, algo que alivie la crueldad con la que las tratamos. A ver.