domingo, 18 de enero de 2026

El antiprogresismo, dice Stefanoni, es el pegamento.

Una corriente salvaje

Qué mundo quedará después del actual férreo desprecio por lo colectivo. No sé si personas de mi edad llegaremos a ver el fin de esta fiesta desatada

Jóvenes celebran los resultados electorales de Vox, en abril de 2019, en Madrid. ... Óscar del Pozo (Getty)


El libro de memorias más misterioso que he leído nunca fue, sin duda, A merced de una corriente salvaje, de Henry Roth. En el segundo tomo, el autor, ya viejo, desvela sin previo aviso un asunto crucial de su existencia que hasta el momento nos había escatimado. Esta revelación repentina provoca la estupefacción del lector, también la conciencia del tiempo que necesita un hombre para confesar el episodio que marcó su vida y que le provoca un remordimiento sin alivio. Ese título, A merced de una corriente salvaje, se refiere a la incapacidad de controlar el propio destino, pero bien podría definir lo que hoy sentimos aquellos que tuvimos la suerte de desarrollar gran parte de nuestra existencia en un mundo que frenó el caos producido por las grandes guerras, y aspiró a ordenar los asuntos internos con la idea del bienestar, y los externos en base a unas reglas que respetaran el derecho común internacional. La sensación, como en la biografía del hombre Roth, es que de pronto en este acto de nuestras vidas se han desmoronado los principios acordados, y somos nosotros, ilusos, lo que creíamos que la historia avanzaba en la senda irrenunciable del progresismo, quienes percibimos que nuestro lenguaje no llega a conectar con una juventud (no toda), que desconociendo la historia que nos trajo hasta aquí, muestra su rebeldía sintiéndose fascinada por enmendarles la plana a unos padres que, al fin y al cabo, defienden el viejo y convencional status quo. Su información, vayamos aceptando la evidencia, no proviene de la lectura de periódicos sino de unas redes que estrechan el conocimiento, traduciendo a titulares llamativos los artículos de prensa o las palabras de la radio, y plagando así de malentendidos el paisaje; abonando el pensamiento del incauto con una ideología de cuatro nudos divulgada por exitosos youtubers: resentimiento masculino, proyecto de independencia financiera, rechazo a los impuestos y a todo lo que tenga que ver con las normas institucionales.

Claves del libertarismo radical. Una rebeldía, como escribió Pablo Stefanoni, que se volvió no tanto conservadora al viejo estilo (ojalá) como de derecha extrema.

Este giro de la historia me intriga. Escucho, leo y no consigo dar con las razones que expliquen cuáles fueron las causas para que una corriente salvaje agite hoy el curso de nuestras vidas a un nivel planetario. El antiprogresismo, dice Stefanoni, es el pegamento. De hecho todos, aquí y al otro lado, han desempolvado los viejos espantajos de la Guerra Fría, como el miedo a los comunistas. Si Ayuso usa hoy el término “izquierdistas radicales” es porque asume el discurso trumpista, como así hacen Netanyahu, Milei, Orbán, Abascal, Meloni, dando muestras de una complicidad entre ellos que se diría amistosa, con fotos de reuniones familiares o en despachos donde la motosierra de los recortes públicos preside la reunión. Recuerden aquellos primeros encuentros internacionales, todo parecía como una pantomima, pero si hubiéramos sido más perspicaces habríamos percibido que tenían fe en que el capital y un público henchido de rebeldía les iría abonando la victoria. La rebelión del público, como escribió Martín Gurri, esa ciudadanía que ha puesto en crisis la autoridad para defender la antipolítica. Qué mundo quedará después de este férreo desprecio por lo colectivo. No sé si personas de mi edad llegaremos a ver el fin de esta fiesta desatada. Ahora nos acogota el desconcierto. Resulta que quienes defienden un feroz individualismo son capaces de ponerse de acuerdo y aunar sus voces en un solo grito colectivo y el progresismo que siempre luchó por el bienestar colectivo da muestras a diario de su incapacidad para ponerse de acuerdo. Decía el poema de Yeats, “A los mejores les falta convicción/ y los peores están llenos de apasionada intensidad”. Tal vez nos falte esa pasión, tal vez creernos los mejores no sea una buena estrategia.

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domingo, 11 de enero de 2026

“No podéis servir a la vez a Dios y a las riqueza” ... conviene no usar el nombre de Jesús en vano

Traiciones a las tradiciones

Si quienes reivindican el glorioso pasado occidental leyeran a los clásicos se encontrarían con un arsenal de ideas éticas audaces y llamamientos a los corazones sin coraza



Cada época elige sus metáforas favoritas. Hoy triunfa en occidente la imagen de la fortaleza asediada. En tiempos convulsos, el mundo privilegiado sueña con alambradas, puentes levadizos y fosos con cocodrilos. Cuando la inquietud por lo impredecible es demasiado agotadora, deseamos refugios inexpugnables. Si poseer una vivienda está fuera del alcance de la mayoría, al menos podemos construirle un castillo a la identidad.

Quienes reivindican el glorioso pasado occidental suelen presentarse como adalides de la riqueza, mientras arrojan sombras de sospecha sobre pobres y migrantes, equiparados con parásitos y delincuentes. En sus discursos nostálgicos, las promesas de seguridad y prosperidad se presentan ataviadas con las galas de los valores tradicionales y las raíces cristianas. Sin embargo, si abrieran las páginas de esos clásicos a quienes tanta devoción proclaman, encontrarían paisajes sorprendentes: un arsenal de ideas éticas audaces y llamamientos a los corazones sin coraza.

Las listas de fin de año son un compendio de nuestros ideales. Reflejan sin pudor cómo nos fascinan las personas más ricas, mejor vestidas o más deseadas. Entre los griegos nunca existió una clasificación de grandes fortunas; en cambio, el listado más célebre era el de los Siete Sabios. Lejos de la obsesión consumista, los pensadores antiguos más admirados defendían una vida austera sin despilfarro, hoy diríamos el decrecimiento. Cierta vez Sócrates sufrió burlas por su ropa gastada, ridiculizado con el apodo “profesor de miseria”. Respondió: “Crees que la felicidad es lujo y derroche. En cambio, yo pienso que necesitar lo menos posible es algo divino”. Los estoicos, cuyas frases de motivación tanto nos gusta citar, dejaron advertencias —mucho menos publicitadas en redes sociales— contra la esclavizadora sed de ganar cada vez más dinero. Epicteto enseñaba: “Si ambicionas amontonar riquezas, perderás totalmente los medios para granjearte la libertad y la felicidad”. Séneca, dueño de una gran fortuna, opinó: “Quien necesita un gran patrimonio, mientras piensa en su incremento, se olvida de su uso: de señor se convierte en servidor”.

En el Sermón de la Montaña, Jesús utilizó, como Séneca, la metáfora de la servidumbre, y afirmó: “No podéis servir a la vez a Dios y a las riqueza”. Aunque hoy nos presentan el dinero —mucho dinero— como la llave que abre todas las cerraduras y el cómplice de todos los deseos, nuestros clásicos solían definirlo en términos de compulsión: el amo más exigente y el mayor ladrón de nuestra libertad. Cuando un joven rico se acercó a Jesús, este le dijo: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y poseerás un tesoro en el cielo; después ven, y sígueme”. Al escuchar estas palabras, cuenta san Mateo, el joven se alejó entristecido, porque tenía muchas riquezas. Una sombra melancólica quedó gravitando sobre los discípulos, y entonces Jesús pronunció esa máxima rotunda: es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico cruzar el umbral de los cielos. Aquellos primeros cristianos considerarían un disparate que magnates multimillonarios se proclamen, milenios después, profetas del camino —siempre estrecho— de la salvación.

Otro pilar del imaginario occidental, el filósofo Platón, preocupado por el desgarro social que produce la desigualdad, escribió en Las Leyes que ningún ciudadano debería conocer ni una extrema pobreza ni una excesiva riqueza. Propuso fijar por ley un límite en ambos sentidos, impidiendo que las propiedades de cada persona disminuyan por debajo de un mínimo, y autorizando llegar como máximo al cuádruple de ese límite. “Si las adquisiciones de alguien sobrepasan esta medida, sea por donación o por haber tenido suerte en los negocios, deberá ceder a la ciudad y a los dioses todo lo que exceda”. Ciertos paladines de la identidad cultural leerían con rechinar de dientes esta inaudita defensa —no por accidente, muy occidental— del estado distributivo y la solidaridad ciudadana.

Entre nuestros clásicos incontestables, la Eneida, el gran poema épico del Imperio Romano, debe su nombre a un exiliado en fuga y derrota, un náufrago oriental que buscó una vida mejor en Europa. Eneas se parece más a los emigrantes que mueren en las pateras del Mediterráneo que a los poderosos que hoy les cierran puertos y puertas. Los romanos creían que su gloriosa historia provenía del mestizaje entre los pueblos del Lacio y los perdedores de la guerra de Troya. El emperador Augusto presumía de ser descendiente de Eneas —un inmigrante—, y encargó al poeta Virgilio un canto a la acogida del extranjero. Según el mito fundacional de Roma, esos a quienes llamamos parias son, en realidad, quienes construyen las patrias.

No es el único refugiado célebre en nuestras tradiciones: la familia de Jesús huyó a Egipto para salvar su vida de la furia asesina de Herodes. El Evangelio de Mateo cuenta que permanecieron en el país del Nilo hasta la muerte del rey. Nunca sabremos si a José le dieron empleo, si fue acusado de robar el trabajo a los egipcios o si los cuerpos de seguridad faraónicos lo hostigaron como criminal. Ignoramos las penurias que soportaron o las amistades que tal vez forjaron. Pero reconocemos la emoción que impregna las palabras de Jesús sobre los extranjeros: “Tuve hambre, y me disteis de comer; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. En verdad os digo que cuanto hagáis a estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis”. Aquellos que hostigan a los migrantes o los arrojan al frío, quienes arrancan la atención sanitaria y los programas de alimentos a los desamparados, quienes cercan las prisiones con crueldad, traicionan la tradición y atacan el corazón de nuestras raíces. Queridos guardianes de las esencias: conviene no usar el nombre de Jesús en vano.

La diversidad, hoy tan denostada, no asustó a la civilización romana. No exigían a los emperadores haber nacido en Italia. Trajano, Adriano y Teodosio eran hispanos; Septimio Severo, oriundo de la provincia de África; Macrino, de Mauritania Cesariense; Heliogábalo, Alejandro Severo y Filipo el Árabe, de Siria; Gordiano, de Asia Menor. La lista continúa. Marco Aurelio, que se enorgullecía de su abuelo cordobés, describió en sus Meditaciones —otro clásico imprescindible— cómo debía comportarse el gobernante más poderoso: “¡Cuidado! No te conviertas en un César. Mantente sencillo, bueno, puro, respetable, sin arrogancia, amigo de lo justo, piadoso, benévolo, afable. Respeta a los dioses, ayuda a salvar a los hombres”.

La tradición cultural es un campo de batalla donde se juega el futuro. Allí pugnan voces que invocan a los clásicos a conveniencia, sin profundizar demasiado, sin animar a leerlos, ausentes la crítica y el criterio. Los colocan en altos pedestales donde solo reciben la visita de las palomas. Hay algo paradójico en ese estatus solemne y marmóreo: mitifica a los padres fundadores y, a la vez, anestesia sus mensajes más rompedores y exigentes. Muchos líderes de nuestros imperios políticos y emporios económicos utilizan la antigüedad imperial para cubrir de prestigio su propaganda y amurallar el fortín de la identidad, pero poco les interesa debatir acerca del pasado —sobre los logros y las sombras—. Cuando afirman defender nuestras tradiciones, están protegiendo su poder, sus intereses y su dinero, no a las personas: tal vez les importa más el posesivo que el sustantivo.

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Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).


domingo, 14 de diciembre de 2025

La paz a la fuerza es la última incorporación a nuestro repertorio de paradojas cotidianas.

¡Ay de los vencidos!

Terminar las guerras concediendo al más fuerte todo el botín y la impunidad absoluta solo abre la puerta a nuevas violencias y venganzas


La paz a la fuerza es la última incorporación a nuestro repertorio de paradojas cotidianas. La convivencia se cimenta en la violencia; los nuevos paraísos, sobre los escombros de la destrucción. El abuso y el absurdo del poderoso se aplauden, sin tapujos ni disimulos, como logros diplomáticos. Quien está en posición de debilidad solo tiene la libertad de capitular. La clave de la negociación es halagar al líder, árbitro arbitrario que forja pactos para hacer negocios y colocar una medalla más en su pecho tintineante. La humanidad, tras un breve paréntesis de fe en una imperfecta comunidad internacional, regresa a las viejas costumbres del dominio arrollador de las grandes potencias.

Ciertos gobernantes adornan su afán pacificador con humillaciones públicas, amenazas a los más débiles, agasajos entre líderes autoritarios y declaraciones propias de villanos cinematográficos. Como en una timba de tahúres, recriminan al atacado porque tiene malas cartas. Estos nuevos políticos, tan antiguos, deciden un futuro que tendrá que gustarles a los países invadidos: en boca cerrada no entran bombas. Para ellos —tan defensores de la ley y el orden—, la devastación de ciudades, la destrucción de hospitales, los niños asesinados o los periodistas incómodos descuartizados son, simplemente, cosas que pasan.

En su ensayo Lo llamaron paz, Lauren Benton investiga un patrón habitual en los conflictos bélicos: después de los armisticios y las aclamaciones, suelen continuar las agresiones, amparadas en frases sonoras pero nebulosas, como “derecho a la autodefensa”, “ataques preventivos”, “objetivos estratégicos” y “operaciones especiales”. Los antiguos romanos fueron tal vez los primeros en utilizar el eslogan de la Pax Romana para justificar sus abusos imperiales. Desde entonces, “pacificar” un territorio ha significado con frecuencia conquistarlo. El historiador Tácito dejó constancia de las críticas a la expansión de una Roma soberbia, codiciosa y despótica. Lo hizo a través de las palabras de Calgaco, jefe de las tribus caledonias, en la actual Escocia: “A la rapiña, el asesinato y el robo llaman los romanos por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”.

Una máxima latina advierte: Vae victis! –¡ay de los vencidos!–. Cuando el ganador posee poder suficiente para aplastar, no existe la compasión: los derrotados sufren todas las injusticias. Los romanos alcanzaban acuerdos con quienes aceptaban su dominación sin rechistar, pero cuando encontraban resistencia eran despiadados. En Numancia o Cartago dejaron huellas milenarias de su crueldad. Después de derrotar a los cartagineses en las dos primeras guerras púnicas, Roma provocó con pretextos una tercera para acabar la tarea y destruirlos por completo. Incendiaron la ciudad, masacraron a la mayoría de la población y vendieron como esclavos al resto. Se dijo que sembraron la tierra con sal para que nada volviera a crecer en el solar de su victoria. La paz del páramo, como denunciaba Calgaco.

Ya desde tiempo de los romanos, el ideal de los imperios camina sobre el filo —de una espada—. Por un lado, les gusta presentarse como adalides de las leyes y civilización —bárbaros y eje del mal, ya lo sabemos, son los demás—. Por otra parte, imponen la lógica de la fuerza desnuda y la paz a palos. Frente a la metrópoli invasora, que se exhibe como benefactora, surgen siempre voces indignadas que desenmascaran las contradicciones chirriantes, los abismos entre la justificación moral y la verdadera conducta. En esas rebeldías tempranas brota el germen del derecho internacional. Avergonzado ante la crueldad de las huestes romanas, Séneca escribió: “Los homicidios individuales los castigamos, pero ¿qué decir de las guerras y del glorioso delito de arrasar pueblos enteros? Elogiamos hechos que se pagarían con la pena de muerte porque los comete quien porta insignias de general”.

El desembarco español en América, rápidamente convertido en sueño de conquista, alumbró una de las más tempranas ―si no la primera— defensa pública de los derechos humanos. En 1510 llegaron a Santo Domingo, sede del Virreinato, los primeros frailes dominicos. Alojados en una choza pequeña, vivían en extrema pobreza. Fray Antonio de Montesinos, graduado en oratoria por la Universidad de Salamanca y fogoso predicador, pronunció el 21 de diciembre de 1511 su célebre sermón de Adviento: “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? (…) ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”. Allí se encontraba Bartolomé de las Casas, un encomendero que, como después admitió, trataba injustamente a los taínos. Conmovido por la recriminación, se convirtió en testigo comprometido y defensor de la causa. En su Historia de las Indias, recogió aquellas encendidas palabras de Montesinos.

La guarnición española reaccionó con furia. Sin embargo, el domingo siguiente los frailes no solo no se retractaron, sino que añadieron nuevos cargos contra las autoridades, negándoles la absolución mientras no enmendaran su conducta. El virrey Diego Colón se apresuró a enviar una queja a la Corte. Fray Antonio de Montesinos fue llamado a España a rendir cuentas. Un memorial escrito en 1516, probablemente por el cardenal Cisneros, atestigua su persistencia en denunciar y sus exigencias alarmantes acerca del oro: “Un Fray Antonio, dominico, hizo un sermón en la ciudad de Santo Domingo en que dijo que los indios no los podían poseer ni servirse dellos, e que todo el oro que con ellos habían ganado e sacado, lo habían de restituir”. Los frailes obtuvieron una cierta victoria legal: las Leyes de Burgos de 1512, el primer código de ordenanzas para proteger a los pueblos originarios y limitar las demandas de los colonizadores. Pero el oro, claro, nunca se devolvió —esas, en cambio, son cosas que no pasan— y, en la práctica, los abusos continuaron. En 1540 Antonio de Montesinos fue asesinado en la Provincia de Venezuela por un oficial debido a su firme oposición a la explotación de los indígenas. El sermón de Adviento, como el de la Montaña, demuestran que la ley del más fuerte siempre tuvo insubordinados.

Líderes iracundos nos aseguran que vamos a la guerra para hacer del mundo un lugar más seguro, nos hacen creer que las armas abrirán paso a la democracia, nos aleccionan para imponer la paz sin escatimar violencia. En tono condescendiente, invitan a los agredidos a callar y claudicar: vae victis. Sin embargo, “paz” y “pacto” son palabras que comparten raíz y sentido; sin la coherencia de los hechos, no sobreviven los derechos. Terminar las guerras humillando a los derrotados y concediendo al más fuerte todo el botín en la bandeja dorada de la impunidad absoluta solo empedrará el camino hacia nuevas violencias y venganzas. ¿Seguimos en ese sueño tan letárgico dormidos? Cuando los vencedores imponen las condiciones más letales en vez de las legales, nadie está a salvo. Vivir en esa clase de mundo seguro es muy peligroso.

Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).